lunes, 21 de agosto de 2017

Trump reabre el escenario perfecto para el régimen de Castro



En el matutino, antes de comenzar la prueba de español para los alumnos de octavo de grado en una escuela secundaria en La Víbora, al sur de La Habana, luego de beber un vaso de agua, la directora engoló la voz y arremetió con la tradicional oratoria antiimperialista denunciando la injerencia del “señor Trump y sus acólitos terroristas de la mafia cubana de Miami”.

El régimen, que se había sorprendido y se sintió aturdido por el novedoso estilo de Barack Obama de mano tendida al pueblo cubano y recordándole a la gerontocracia verde olivo las virtudes de la democracia y el respeto por las diferencias políticas, con Donald Trump ha regresado a su salsa.

Se multiplican los actos públicos en instituciones estatales, decenas de artículos periodísticos contra la nueva política de Trump hacia Cuba y una puntual diplomacia en cualquier tribuna o forum mundial.

No siempre sabe más el diablo por viejo. Tras casi 60 años lidiando con la dictadura de los hermanos Castro, el ejecutivo estadounidense, por razones que van desde la politiquería electoral al más profundo desconocimiento de la sociedad cubana, salvo excepciones, ha apostado por políticas fallidas.

Uno de los pocos logros del exilio cubano, estuvo cimentado por Jorge Más Canosa y el lobby de la Fundación Cubano Americana, que comprendió que en la democracia estadounidense lo fundamental son las conexiones políticas. Fue una de las claves del protagonismo alcanzado en el patrocinio de las estrategias de la Casa Blanca con respecto a Cuba.

Desde la década de 1980, la política de Washington hacia Cuba pasa por Miami. Para entonces, ya habían fracasado los intentos armados en zonas montañosas de la Isla, así como los sucesivos planes de atentados contra Fidel Castro.

Imitando al potente lobby judío, Más Canosa inició una batalla que combinaba la diplomacia y el conocimiento del panorama político en el DC para frenar a la dictadura castrista en el escenario internacional.

Y tuvo aciertos. Condenas de organismo de derechos humanos, codificó el embargo y mantuvo la excepcionalidad migratoria de los cubanos. En el ámbito político, no existe ningún grupo de emigrados en Estados Unidos con mayor número de congresistas, alcaldes y funcionarios, ya sean estaduales o federales que los cubanos, a pesar de que solamente son dos millones y medio de personas.

Entre la mayoría de los cubanos de las dos orillas, hay coincidencia en un punto: de una manera u otra, todos aspiramos a un país soberano, democrático y funcional. El camino para lograrlo varía.

Unos apuestan por el diálogo con el régimen y el levantamiento del embargo como mejor opción. Otros, prefieren el aislamiento a la dictadura, el embargo económico y sanciones internacionales que obliguen a cambiar o entregar el poder. Esta segunda política no ha funcionado en el caso de Cuba. Sí funcionó en la Sudáfrica del apartheid.

El embargo de Estados Unidos a Cuba ha fracasado. Cincuenta y ocho años de régimen castrista es la mejor respuesta.

Estados Unidos no debe sentir complejo por sostener sus compromisos en favor de la democracia y los derechos humanos. Pero el método para alcanzarlo no es precisamente con aislamiento, que solo ha servido de pretexto a los hermanos Castro para victimizarse.

De las pocas cosas que funcionan en la Isla se encuentran los servicios secretos, la represión y su hábil diplomacia. No espere que se cumplan los planes productivos, se construyan más viviendas o el gobierno capaz de crear un modelo racional o sostenible. Eso no ocurrirá mientras se mantenga el actual sistema de ordeno y mando.

Los disidentes, los encargados de liderar un cambio democrático en Cuba, andan más perdidos que un borracho en Saturno. Debido a la represión casi científica, a su protagonismo desmesurado y la falta de unidad entre los distintos grupos, la oposición no logra tender puentes con el cubano de a pie, a pesar de tener muchos puntos de coincidencia.

Se han sucedido tres generaciones diferentes de opositores. Unos se marchan al exilio, algunos exploran nuevos caminos para abrirse un espacio legal intentando insertarse en las escasas y controladas opciones que la blindada autocracia concede y otros se acomodan al estado de cosas, transformando la disidencia en un negocio particular.

Es lo que ahora mismo hay dentro de una oposición cubana, dividida, sin poder de convocatoria y con un sector apostando por el rescate estadounidense como vía milagrosa.

Si en algo se parece el régimen y un segmento de la disidencia es que culpan de sus fracasos a Estados Unidos, o a alguna de sus políticas, como la doctrina Obama.

La autocracia verde olivo no va a cambiar. Seguirá reprimiendo, activando linchamientos verbales contra la disidencia y encarcelando. Donald Trump, que no pone una en sus estrategias de Estado, solo ha vertido un poco más de gasolina para beneficio propagandístico de Raúl Castro.

Se sucederán las declaraciones de obreros, campesinos, arquitectos y estudiantes cubanos ‘condenando la injerencia yanqui’. El barraje propagandístico del aparato estatal será aún más reforzado.

Es increíble que la comparecencia vociferante de Trump en Miami, con sus ademanes y gestos patéticos, despierte más interés que la descafeinada sesión de la asamblea legislativa del poder popular donde supuestamente se debaten los problemas del país.

Mientras Trump hacía pucheros y prometía cosas que no cumplirá, la realidad se impone. Quitando las alharacas verbales, solo han sido derogados dos acápites de la doctrina Obama: los viajes de estadounidenses a Cuba y los negocios con empresas militares. El resto se mantiene.

¿A quién beneficia? A la propaganda castrista y a los intereses de Estados Unidos, pues la mayoría de los acuerdos siguen en pie. Ni Trump ni ningún otro presidente estadounidense va a defender mejor que nosotros mismos nuestros derechos.

La bandera de las barras y estrellas no es nuestra bandera. Ni USA es nuestra patria.

De una vez y por todas, los compatriotas residentes en el exterior y los de la isla, deben tener presente que la solución a los problemas de Cuba es un asunto de todos los cubanos. De nadie más.

Iván García
Foto: Tomada de Daily Express.

jueves, 17 de agosto de 2017

Un matrimonio mal llevado



En un restaurante en La Habana, a unas cuadras del malecón habanero, en el Vedado, sólo se habla de una cosa: Donald Trump y su discurso en el teatro Manuel Artime de Miami.

El sitio “está más lleno de lo común”, dice el cantinero Raúl Velazco mientras prepara dos daiquirís frapé para una pareja de estadounidenses que se han sentado en la barra y miran compasivamente un televisor LSD de 55 pulgadas colgado en altos.

En el bar del restaurante hay más personas que en las mesas de los salones. La gente ha empezado a apiñarse de a poco y todos miran el reporte y los cintillos informativos de una cadena estadounidense.

Algunas mesas han quedado desoladas. Los platos están a medio comer. Los comensales se han levantado y, copa en mano, se han ubicado en el bar para presenciar el discurso del presidente de los Estados Unidos que pondrá sobre la mesa la nueva política hacia Cuba.

“Ese hombre tiene todo el poder ahora y de él depende que rumbo tomará la cosa”, dice Rubén Echeverri, un abogado de 52 años que trabaja en una consultoría jurídica internacional. “Vine por la buena comida y porque sabía que aquí iban a poner el discurso”, dice Echeverri.

“Toda esta semana la gente ha venido a preguntar si íbamos a poner el discurso”, confiesa Marilyn Suárez, una de las jefas de turno. El lugar tiene cable satelital con poco más de una decena de canales extranjeros, un servicio que, amén de la comida, les da un plus en Cuba.

“Hay una gran expectativa con lo que pueda decir Trump, hay miedo de que todo vaya para atrás y que lo poco que habíamos avanzado y logrado, se escache”, dice parada al final del bar Elizabeth Fernández, diseñadora gráfica de 39 años.

Elizabeth está junto a su novia y otra amiga. Ellas son de las que han abandonado su mesa en uno de los salones del restaurante para ir al bar a escuchar a Trump. Las tres tienen una botella de cerveza Cristal que les suda en las manos. Va a comenzar el acto en el Artime de Miami, Elizabeth recuesta su cabeza al hombro de su novia, me mira y levanta al unísono las cejas y pómulos. Va a empezar a hablar Trump, debe haber sido un gesto de nerviosismo que no pudo disimular.

Cuando Trump termina, estalla el murmullo. Creo estar en el estadio de béisbol Latinoamericano. Delante, en plena barra, la pareja de estadounidenses brindan con dos cubanos que se encuentran a su costado derecho. A la izquierda de ellos, una mujer y un hombre se abrazan. A mi lado, Elizabeth y su novia se besan y la amiga las apachurra por detrás.

La gente está contenta. Los nervios se han ido. Trump no ha sido todo lo severo que los cubanos esperaban.

Que la nueva política de Washington hacia La Habana se centre básicamente en restringir los negocios con el mayor conglomerado de empresas militares en la isla y controlar aún más a los estadounidenses que lleguen de visita y que se mantengan las relaciones bilaterales entre las dos naciones con sus respectivas embajadas, hace que los cubanos vuelvan a suspirar de alivio.

“Por suerte no tocó ni los viajes ni las remesas”, dice Yunier, uno de los camareros del bar mientras conversa con la pareja de estadounidense. Ellos, Tiffany y Gregor, están por primera vez en Cuba.

“Es una isla hermosa y cercana para nosotros, por eso no podemos volver a los tiempos de antes, tenemos que ayudarnos y no enemistarnos”, dice Tiffany en un inglés lento.

“Lo que Trump quiere es ayudar a los cubanos pero que el gobierno cubano empiece a ayudarlos a ustedes también”, dice Gregor, con otro daiquirí en mano.

Las palabras del presidente de los Estados Unidos estuvieron dirigidas a presionar al gobierno de Raúl Castro para que permita el desarrollo del creciente sector privado, reduciendo drásticamente el flujo de dinero que le llega al gobierno cubano por vía de los estadounidenses.

Este nuevo enfoque de los Estados Unidos hacia Cuba está amparado en las violaciones de los derechos humanos que se cometen en la isla. Al restringirse ahora los negocios con las compañías controladas por Gaesa, el conglomerado de las Fuerzas Armadas que maneja el 60 % de la economía cubana, se producirá un veto considerable al comercio entre las dos naciones. Según Engage Cuba, esto le costaría a la economía de Estados Unidos 6.600 millones de dólares y 10 mil empleos en el sector del transporte.

A unas cuadras del restaurante, en el lobby del hotel Meliá Cohíba, la agencia de viajes turísticos Cubatur tiene un buró de reservación donde la mayoría de las ofertas pertenecen al grupo empresarial Gaesa de las Fuerzas Armadas.

Alicia Llanes viste con el uniforme de la empresa y está sentada en solitario en su mesa. Sobre la nueva política de Estados Unidos hacia Cuba dice: “La gente piensa que no, pero lo que ha dicho Trump va a repercutir en Cuba porque él sigue metiéndose con el gobierno en vez de ayudar al pueblo”.

Por todo el lobby del hotel Meliá Cohíba hay turistas caminando, el ajetreo es incesante. Alicia añade: “Ahora, ya los norteamericanos no podrán venir aquí a reservar nada. Con la nueva política perdemos nosotros y pierden ellos. Nosotros porque ya no podremos venderles nuestro turismo y ellos porque no podrán disfrutar lo nuestro”.

Al cierre del pasado mes de mayo, según datos de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, 284,565 estadounidenses habían visitado la isla. Una cifra que casi iguala la cantidad de visitantes norteños durante todo el 2016.

A la salida del hotel Cohíba hay un lote de taxis. Se ven autos modernos y autos clásicos norteamericanos, entre ellos un Ford de 1953 y un Chevrolet de 1956. Mientras esperan algún turista que los rente, justo delante de la puerta del Ford, conversan los dos taxistas de los autos antiguos.

Un taxista dice: “Cuando no es uno, es el otro, antes era Fidel y ahora es Trump, lo de Cuba y Estados Unidos es para nunca acabar”. El otro taxista contesta: “Son un matrimonio mal llevado”.

Abraham Jiménez
El Estornudo, 16 de junio de 2017.
Foto: Tomada del artículo Donald Trump Still Won't Tell the Truth About Cuba, de Kurt Eichenwald, publicado en Newsweek el 30 de septiembre de 2016.

lunes, 14 de agosto de 2017

Manzanas prohibidas



Apenas a una cuadra del majestuoso Gran Hotel Manzana Kempinski, cuya inauguración está prevista para el próximo 2 de junio, a un costado del cine Payret, una cafetería estatal vende pan con una hamburguesa, ácida y desabrida, por el equivalente de 50 centavos de dólar. Empleados de los alrededores o indigentes que sobreviven pidiendo limosna a los extranjeros, hacen una pequeña fila para adquirir la incomible hamburguesa.

El hotel, construido por Kempinski, empresa fundada en 1897 en Berlín, ocupa el espacio de la antigua Manzana de Gómez, el primer centro comercial que hubo en la Isla, en las calles Neptuno, San Rafael, Zulueta y Monserrate, en el corazón de La Habana. Inaugurada en 1910, a lo largo de su historia, la Manzana de Gómez albergó desde oficinas, bufetes de abogados y consultorías mercantiles hasta comercios, cafés y restaurantes, entre otras instalaciones.

Muy cerca del Manzana Kempinski, el primero con cinco estrellas plus, radicará el parlamento cubano, todavía en obras, que tendrá como sede el antiguo Capitolio Nacional, una réplica en menor escala del Congreso de Washington.

La flamante instalación hotelera, propiedad de Gaviota, una corporación militar cubana, y administrado por la firma Kempinski, puede ufanarse de estar escoltada por el antiguo Centro Asturiano, hoy sede de las colecciones privadas del Museo de Bellas de Arte, el Gran Teatro de La Habana y los hoteles Inglaterra, Telégrafo, Plaza y Parque Central.

Con excepción del hotel Parque Central, de construcción más reciente, los otros tres hoteles radican en inmuebles edificados en el siglo 19 o durante la etapa republicana, y figuran entre los más bellos de la ciudad. En el centro de esas joyas arquitectónicas se encuentra el principal parque habanero, presidido por la estatua del héroe nacional José Martí.

En esos cuatro hoteles radican tiendas que venden exclusivamente en pesos convertibles (cuc), un billete fuerte creado por Fidel Castro que posibilita la adquisición de mercaderías capitalistas o de mejor calidad.

Lo anecdótico es que a los trabajadores les pagan con pesos cubanos (cup), la moneda nacional. En los sectores de turismo, telecomunicaciones y aviación civil, sus empleados solo devengan de 10 a 35 cuc como estimulación salarial.

El chavito, como le dicen los cubanos al cuc, es una puerta giratoria que marca territorio entre las chapucerías, penurias y pésimos servicios de corte socialista y los productos de regular a excelente calidad facturados por el 'enemigo de clase', según la teoría marxista que sustenta la junta verde olivo que gobierna la Isla desde 1959.

La Cuba del siglo XXI es un acertijo que roza el absurdo. Los gobernantes dicen defender a los más pobres, hablan de justicia social y socialismo próspero y sostenible, pero los proletarios y los jubilados son los que peor viven.

El régimen es incapaz de inaugurar mercados abastecidos, construir edificios de apartamentos de calidad, hoteles a precios módicos donde un obrero se pueda hospedar o tan siquiera reparar las viviendas, calles y aceras en los municipios y barrios de la capital. Pero para captar divisas, invierte buena parte del producto interno bruto.

José, taxista privado, considera que es bueno tener millones de turistas y que la caja registradora del Estado reciba ingresos millonarios. “Pero que luego esas ganancias se reinviertan en mejorar el país. Desde la década de 1980, el gobierno apostó por el turismo. ¿Qué cantidad de dinero ha entrado en todos esos años? ¿En cuáles ramas productivas se ha invertido?”, se pregunta el chofer de un destartalado Moskovich de la era soviética.

Personeros del régimen debieran responder. Pero no lo hacen. En Cuba, las finanzas, supuestamente públicas, se manejan con absoluto secretismo. Ningún ciudadano conoce dónde va parar las divisas que ingresa el Estado y los funcionarios se incomodan cuando se les pide una explicación por las cuentas off shore en Panamá o en bancos suizos.

En este experimento social, que conjuga lo peor del socialismo importado de la URSS con lo más repugnante del capitalismo monopolista de corte africano, en las destruidas calles de La Habana se permite filmar Rápido y Furioso, se acicala el Paseo del Prado para un desfile de Chanel o se inaugura un hotel estilo Qatar, como el Manzana Kempinski, en una zona rodeada de mugre, donde falta el agua y residen familias que hacen una sola comida al día.

En una agencia de automóviles radicada en Primelles esquina Vía Blanca, en El Cerro, se venden autos a precios insultantes. El polvo recubre el capó de los vehículos y un coche de segunda mano cuesta entre 15 mil y 40 mil dólares. Un Peugeot 508, 300 mil dólares, más caro que un Lamborghini.

Para las autoridades, las desmesuradas cantidades son un 'impuesto revolucionario' y con ese dinero, han dicho que van a sufragar la compra de ómnibus destinados al transporte urbano. Una burla: apenas se han vendido alrededor de cuarenta autos de segunda mano en tres años y el transporte público sigue de mal en peor.

A Danay, maestro de secundaria, no le indigna que el régimen inaugure hoteles y abra boutiques de lujo. “Lo que me jode es que todo sea un escenario de apariencias. ¿Cómo se pueden vender artículos que nadie puede pagar ni aunque trabaje 500 años? ¿Es un chiste macabro o un insulto a los trabajadores cubanos?”, se pregunta Danay, mientras merodea por el complejo de tiendas del Hotel Manzana Kempinski.

En los amplios pasillos de granito fundido, la escena habitual es de asombro. Abrazado a su novia, Ronald, estudiante universitario, sonríe con sarcasmo al observar tras las vidrieras de una joyería, unas esmeraldas que superan los 24 mil pesos convertibles. “En otra tienda, una cámara fotográfica Canon cuesta 7,500 cuc. Una locura". Y añade:

"En otros países se venden cosas a precios muy altos, pero también hay a precios asequibles a los distintos bolsillos, ¿Quién cojones en Cuba puede comprar eso, brother? A no ser ellos (los que gobiernan), los peloteros cubanos que ganan millones de dólares en las Grandes Ligas o los que se fueron y ganan mucho en Estados Unidos. No creo que los turistas van a pagar por cosas que en sus países son más baratas. Si alguna vez tuve duda de la verdadera esencia de este gobierno, ahora ya lo sé: vivimos en una sociedad mixta. Capitalismo pa' ellos, los de arriba, socialismo y pobreza pa'nosotros, los de abajo”.

Custodios de seguridad vestidos con trajes grises, pinganillos (audífonos) en los oídos y rostros hoscos, llaman la atención a las personas que tiran fotos o se conectan a internet vía wifi. La gente se queja. “Si no quieren que tiren fotos o se conecten a internet, no permitan la entrada de los cubanos”, dice una señora molesta.

En el centro de la planta baja del actual hotel Kempinski, antaño centro comercial Manzana de Gómez, en 1965 fue develada una efigie de bronce de Julio Antonio Mella, líder estudiantil y fundador del primer partido comunista en 1925. La escultura desapareció del lugar.

“Es que no venía a cuento, entre tanto capitalismo de lujo, tener la estatua de Mella. Era una incongruencia”, comenta un señor que mira las vidrieras junto a su nieta. O probablemente el régimen haya sentido vergüenza.

Iván García

Foto: Un viejo edificio de la Habana Vieja es el 'paisaje' que se divisa desde una de las boutiques del hotel Gran Manzana Kempinski. Tomada del reportaje Los nuevos hotels de lujo en Cuba buscan atraer a un mar de turistas, de Aili McConnon, publicado en The New York Times en Español el 10 de mayo de 2017 con fotos de Lissette Poole.

jueves, 10 de agosto de 2017

Mella era nieto de uno de los Padres de la República Dominicana



Sobre el busto de Julio Antonio Mella en la Manzana de Gómez, en una crónica titulada Ni olvidado ni muerto, publicada el 6 de mayo de 2017 en el periódico Juventud Rebelde, el periodista Ciro Bianchi Ross escribió:

-Muchas veces me pregunté qué sentido tenía el busto de Mella que se emplazó en el cruce de la galería comercial de la Manzana de Gómez y que se retiró hace siete años, antes de que el viejo inmueble empezara a transformarse en un hotel de lujo, y que ahora parece preocupar a algunos. Nada tuvo que ver Mella con dicha edificación. La Manzana de Gómez no estuvo ligada a su vida ni a su trayectoria política. Además, desde el punto de vista artístico era una mala pieza.

A propósito del busto de Mella, ¿quién puede verificar que hace 7 años lo quitaron de ahí? Si lo trasladaron sin dañarlo, ¿a dónde lo llevaron? Lo más seguro es que lo hayan desguasado. Lo instalaron en 1965, por el 50 aniversario de la fundación del primer partido comunista cubano. Y tal vez hubo la intención de cambiar el nombre de Manzana de Gómez por Manzana de Mella.

En la plazoleta que queda frente a la Universidad de La Habana había y hay un busto de Mella. El 15 de enero de 1953 amaneció lleno de chapapote. Una crónica de la época lo contaba así:

Amanece manchado de chapapote el busto de Julio Antonio Mella que había sido inaugurado cinco días antes en la plazoleta frente da la escalinata universitaria. Comienza la protesta estudiantil habanera que al mediodía desemboca en una manifestación que es rechazada con heridos por la policía. Más tarde se genera una enorme manifestación a la que se suma el pueblo y que no puede ser contenida por la policía en su marcha hacia el Palacio Presidencial.

En la confluencia de San Lázaro casi esquina a Prado el choque popular es desproporcionado contra los chorros de agua de los carros de bomberos, y los disparos de la marina y la policía que provocan numerosos heridos, entre ellos de mayor gravedad el dirigente de la Escuela de Arquitectura Rubén Batista Rubio. Decenas de manifestantes son cogidos presos La multitud se atrinchera en la universidad y hace guardia durante la noche para impedir sea tomada por las fuerzas represivas. Al día siguiente, la FEU organiza un acto de desagravio ante el busto de Mella. El Consejo Universitario suspende las actividades docentes por 15 días, hasta el 2 de febrero.

Entre los que fundaron el primer partido comunista se encontraba Carlos Baliño, que había sido mambí, en ese momento tenía 77 años y fallecería un año después. Mella, asesinado en México con solo 26 años, fue un ícono de la juventud cubana de aquella época. Con una historia, un curriculum y una preparación que hoy muy pocos tienen en Cuba.

En Hoy Digital descubro sobre el origen dominicano de Mella. Reproduzco lo que escribieron sobre Mella y su padre:

"Antonio Nicanor Mella Brea, nacido el 29 de julio de 1850 en Santo Domingo, hijo del Matías Ramón Mella Castillo, uno de los Padres de la Patria Dominicana junto a Juan Pablo Duarte y Francisco del Rosario Sánchez, no participó en política y se estableció en Cuba, donde ejerció el oficio de sastre. Su taller se encontraba en la casa No. 105 de legendaria calle Obispo de La Habana. Antonio Nicanor fue sastre de la alta sociedad cubana. Se especializó en ropa de hombre al estilo francés.

"En La Habana se casó con Mercedes Bermúdez Ferreira (1847-1915), con quien tuvo tres hijas. Solo se conoce el nombre de una, Josefina Mella Bermúdez. En uno de los viajes de Antonio Nicanor a New Orleans, conoció a Cecilia Mc Partland Reilly, nacida el 26 de julio de 1882 en Lisnadaragh, condados de Cavan y Westmeath, Irlanda, quien había emigrado a los Estados Unidos en 1898. A pesar de la notoria diferencia de edad, Antonio Nicanor se la llevó a Cuba y con ella procreó dos hijos no reconocidos: Nicanor Mac Partland, nacido el 25 de marzo de 1903 en La Habana, y Cecilio Mac Partland, nacido el 6 de enero de 1906 también en La Habana. En 1910, la madre los declaró 'nativos de la República de Santo Domingo'. Como testigo de las declaraciones de sus nacimientos figuró el propio Antonio Nicanor Mella Brea.

"Por problemas de salud, Cecilia Mac Partland abandonó Cuba y Antonio Nicanor y su esposa Mercedes Bermúdez tomaron la custodia de los dos niños. El 2 de mayo de 1910, la madrastra cambió los nombres a los niños y legalizó su estatus de cubanos. A Nicanor le llamó Julio Antonio Mella Mac Partland y a Cecilio lo nombró Nicasio Mella Mac Partland, quien emigró muy temprano de la isla, al parecer a Suramérica. Por su parte Julio Antonio Mella Mac Partland, heredó los genes de su abuelo y en los tiempos que le tocó vivir, se convirtió en un fogoso líder estudiantil y luchador proletario. Cuando estudiaba en la Universidad de La Habana fue encarcelado por la falsa acusación de ser un 'peligro público'. Para entonces, había ganado mucha notoriedad por su constante discurso contra el gobierno de Gerardo Machado. Fundó el Partido Comunista Cubano y fue su primer secretario general. Destacado deportista, sobresalió en remo y en atletismo. Además de político, también fue escritor y poeta.

"Julio Antonio Mella se casó con Oliva Margarita Zaldívar Freyre el 19 de julio de 1924 en La Habana. Tuvieron una hija, Natasha Mella Zaldívar, nacida el 19 de agosto de 1927 en Ciudad México. Julio Antonio fue asesinado en la esquina formada por las calles Abraham González y Morelos de Ciudad México, el 10 de enero de 1929, crimen perpetrado por José Magriñat, por encargo del servicio secreto del dictador Machado. Una placa en dicha esquina conmemora el triste acontecimiento.

"Una montaña de la Sierra Maestra, en Cuba, desde 1950 se llama Pico Mella en su honor. Allí, en 1996, instalaron un busto de bronce con su efigie. Julio Antonio Mella también quedó inmortalizado, con un sombrero rojo, en el mural El Arsenal del pintor Diego Rivera. Su viuda, Oliva Margarita, no volvió a casarse y murió en el exilio, en Miami, el 11 de diciembre en 1982. Su hija Natasha Mella Zaldívar se casó el 20 de diciembre de 1950 en La Habana con Antonio de la Torriente Morales. Tuvieron una única hija a la que llamaron Ileana de la Torriente Mella, nacida el 10 de abril de 1952 en La Habana. Ambas, madre e hija, en 1961 marcharon al exilio en Miami. Ileana de la Torriente, nieta de Mella, el 21 de enero de 1984 se casó en Miami, con Louis LaFontisee Jr. y no dejaron descendencia".


Oliva Margarita Zaldívar Freyre, la esposa cubana de Mella, era camagüeyana, doctora en derecho civil y derecho público por la Universidad de La Habana, fue reconocida como su viuda oficial, cuenta Adys Cupull. Conocí a Sarah Pascual, quien fuera amiga personal de Mella. También a Adys Cupull, ella junto a Froilán González son estudiosos de la vida y obra de Julio Antonio Mella.

En 1961 el tercer contingente de maestros voluntarios que estuvimos casi cuatro meses en el campamento La Magdalena, Minas del Frío, tres veces subimos el Pico Turquino, pero no lo hicimos por la parte donde se llega al busto de Mella, sino por la que se accede al busto de José Martí, iniciativa de una pinareña.

Hoy, para muchos cubanos, Mella es cosa del pasado, papel viejo. A lo mejor ni saben que fue él quien dijo "Hasta después de muertos somos útiles, pues servimos de bandera". Sin embargo, el argentino Manuel María Muñiz se inspiró en su figura para redactar una tesis de 186 páginas titulada "Julio Antonio Mella en las intersecciones del espacio político-cultural cubano y latinoamericano (1920-1925), presentada en octubre de 2014 en el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de General San Martín de Argentina.

En Tinísima, libro de la escritora Elena Poniatowska dedicado a la fotógrafa y artista italiana Tina Modotti, el gran amor mexicano de Mella, el líder estudiantil cubano está presente en muchas páginas del libro, publicado en 1992.

Para mí, la vida de los Mella es mucho más enjundiosa que la de los Castro.

Tania Quintero
Foto: Semidesnudo de Julio Antonio Mella, probablemente realizado por Tina Modotti. Tomada de Fotografía en México.

lunes, 7 de agosto de 2017

La estatua



A Julio Antonio Mella le habría importado un pito que quitaran su estatua del edificio que hasta hace poco se llamó Manzana de Gómez, y ahora se llama, ridículamente, Manzana Kempinski, o que la dejaran allí para siempre, viendo el tiempo de Cuba pasar. En su corta, agitadísima vida, Mella no dedicó mucho tiempo a pensar en estatuas, ni siquiera en las que tal vez le dedicarían a él mismo en el futuro. Mella fue su propia estatua, tan hermosa y conmovedora que todas las réplicas que luego se harían de aquel formidable original inevitablemente salieron feas y vulgares.

El Manzana Kempinski, que se ufana de ser “el primer hotel de lujo de Cuba de verdad”, y de tener “un estilo notablemente europeo”, decidió echar a Mella a la calle, no poner de nuevo en su sitio la estatua que durante décadas estuvo en el cruce de las arcadas de la ruinosa Manzana de Gómez, rodeada de tiendecillas deplorables, visitada solo por una tribu de mendigos, borrachos, locos, carteristas y prostitutas, roída por un furioso hedor a orina y desesperación.

En el fanfarrón hotel Kempinski, la estatua de Mella estaría, seguramente, tan fuera de lugar como antes en la Manzana de Gómez. Los turistas norteamericanos e ingleses pasarían por su lado sin mirarla, o tomarían fotos de ella como si fuera una rareza más en un país ya bastante extraño. Sería un símbolo de esa patética mezcla de autoritarismo comunista, subdesarrollo tropical y capitalismo primitivo que los cubanos parecen dispuestos a padecer hasta que el país reviente o no quede nadie en él, salvo los turistas. En la vieja Manzana de Gómez, que no se cayó porque la hicieron bien, la estatua de Mella indicaba elocuentemente cuánto se habían agotado la euforia y la esperanza de la revolución, cuán distinta era Cuba de lo que debía haber sido. En el hotel Kempinski la estatua de Mella habría sido una curiosidad. En la Manzana de Gómez era ya un anacronismo.

Aún así, la decisión de Kempinski o de sus socios cubanos de remover definitivamente la estatua de Mella ha ofendido a quienes notan en esa acción falta de cuidado por los monumentos históricos del país e insuficiente respeto a Mella. Quién hubiera dicho, viendo cómo Cuba está, que Mella inspiraba todavía tanta devoción. También se han sentido insultados los que miran con alarma la llegada a Cuba de avanzadillas del capitalismo global, en su modo más reluciente y tentador, y resienten que los hoteles de supuesto lujo de La Habana, sin haber hecho ni un ápice mejor la vida misérrima de la mayoría de los cubanos, los hayan convertido, a esos desdichados, en espectáculo a la vez cómico y aterrador para displicentes visitantes.

Ese resentimiento contra los turistas, que llegan a Venecia, a Barcelona, a Mumbai o al Iguazú, instagraman una chispa de felicidad y se marchan apresuradamente, es universal, dondequiera la gente detesta que los miren como si fueran jirafas. Los cubanos han aceptado, aunque realmente su opinión sobre ese asunto no fue nunca requerida, que no teniendo casi nada más que darle al mundo a cambio de comida y telenovelas, no les queda más remedio que transformar su isla en una foto, y disponerse a posar en ella como parte del paisaje, como las palmas y los tocororos.

No debe ser confundida su resignación con contento. Los vecinos del Kempinski en La Habana Vieja, al este, y en los ghettos de Centro Habana, del otro lado, muchos de los cuales viven de una forma en que los extranjeros no creerían tolerable vivir, sienten que cada huésped que se toma un mojito de quince dólares en el nuevo hotel, o se da un masaje, o se zambulle lujuriosamente en la piscina de la azotea, desde donde se ve y se oye con ríspida claridad el derrumbe de Cuba, confirma que ellos, los habitantes de los edificios que se caerán con el próximo huracán, y los que viven en los que no caerán pero casi preferirían que sus edificios también les cayeran encima, son en todo sentido inferiores a los turistas, buenos sólo para hacerles las camas a los visitantes, servirles la cena y entregarles sus propios cuerpos a esos babosos españoles, italianos o canadienses para que los devoren.

Entre las incontables humillaciones que Fidel Castro le propinó a su pueblo, la de no poder alojarse en los hoteles de su propio país no fue de las más crueles, no fue tan malvada como la de obligarlo a votar por una lista única de candidatos a la Asamblea Nacional o la de hacerlo marchar vociferando su renuncia a tener periódicos, sindicatos y asociaciones libres, pero para aquellos, tantos, cubanos que no quieren, ni necesitan ni sabrían votar libremente, o leer un periódico de más de dieciséis páginas, no poder dormir en el Habana Libre, o cenar en los jardines del Nacional, o tomarse un daiquirí en la piscina de uno de esos orondos meliás de Varadero, no tener siquiera la ilusión de poder hacerlo algún día, fue especialmente indicativa del lugar que tenían en el mundo, por el triple infortunio de haber nacido en Cuba, vivir sin democracia y padecer un régimen de pobreza estrictamente planificada. Fidel, que convenció a los cubanos de casi todo lo que los quiso convencer, o al menos, de que más les valía hacerse los convencidos, les dijo que esa prohibición era beneficiosa económicamente, y justa, en lo social, un argumento que tenía la notable cualidad de ser, a la vez, una mentira, una estupidez y un insulto.

Su hermano se apresuró a enmendar ese desaguisado tan pronto como se hizo con el poder. Es una migaja, pero los cubanos no solo la han aceptado golosamente sino que hasta parecen agradecidos. Lo que en Cuba podría pasar, siendo flexibles en la definición, por una clase vagamente media, aquellos que ganan o reciben dinero real, han podido finalmente llegar a los meliá, e incluso más allá, y los que no lo han hecho, al menos han recibido la confirmación de que es solo su pobreza, no su nacionalidad, la causa de que no puedan ellos también disfrazarse de turistas aunque sea por un fin de semana. Económicamente, la cuenta da, y en cuanto a lo social, ésta y otras crecientes diferencias entre cubanos más y menos acomodados son todavía muy pequeñas en comparación con la desgracia que todos sufren por igual.

A Cuba, habiendo caído hasta estos fondos, no solo le conviene expandir y mejorar su negocio turístico, sino que es difícil ver qué otra cosa podría hacer. No hay negocio seguro, pero el turismo es tan seguro como el que más. A menos que Cuba sea arrasada por una guerra civil, como Siria, o por el terrorismo, como Egipto y Turquía, los turistas seguirán llegando a La Habana y Varadero, y si se les empuja con fuerza, hasta Cienfuegos, Camagüey o Santiago.

No habiendo logrado convertirse en fabricantes de complejas maquinarias, habiendo fracasado como productores de azúcar, café y frutas tropicales, y no habiendo descubierto todavía la cura del cáncer o el SIDA, a los cubanos les toca hacer las camas y servir la cena a los turistas, cargar sus maletas y recoger sus toallas, enseñarlos a bailar salsa y contarles historias de la revolución, e incluso, los que tengan inclinación y aptitud para ese antiguo oficio, darles sus propios cuerpos para que sus procaces huéspedes jueguen con ellos. Y con mucha dignidad, o aparentándola.

Pero el turismo, como todo en Cuba, tiene que ser democratizado, tiene que ser no solo un lujo que todos los cubanos, hipotéticamente, podrían darse, sino, lo que es más urgente y central, un negocio del que todos los cubanos sean efectivamente parte, y no en el sentido figurativo y falso de que, siendo el Estado el dueño de la industria, lo son todos los ciudadanos, sino realmente, sin trucos ni artilugios retóricos. La estrategia económica, social, cultural y ecológica del turismo, que va a decidir si la isla le durará prolongadamente a los cubanos, o si estos la destruirán con rapidez en un par de décadas a cambio de unos pocos miles de millones de dólares, tendría que ser preparada, discutida y decidida con meticulosa transparencia por un parlamento real, no la tragicómica Asamblea Nacional, y encargada a un gobierno que escuche y acate lo que el país quiera.

Deberían ser favorecidos, con un régimen de regulaciones e impuestos que no los asfixie sino que premie su dedicación y estimule decididamente su crecimiento y multiplicación, los que ofrezcan servicios a los turistas, desde una cama en su propia casa hasta una jarra de limonada, y con suerte, en el futuro, hoteles, restaurantes y clubes de verdad, con rotundas garantías legales y políticas, sin temer que les cierren su timbiriche o su empresa en un momento de malhumor de Raúl. Deberían ser pagados directamente por sus empleadores, y tanto como han ganado, no una pizca de ello, los cubanos que trabajan en hoteles administrados por compañías extranjeras. Deberían ser profesionalizados el planeamiento y la administración del turismo, y los hoteles y las agencias de viajes puestos a cargo de quienes tengan al menos alguna idea de la economía, las finanzas y los servicios en el mundo, fuera del sinsentido cubano, y tengan también educación y buen gusto, qué importa si no son nietos de generales, o yernos o cuñados de coroneles, o si la Seguridad del Estado les abrió un expediente desde que estaban en la universidad, estudiando Derecho o Economía o Letras, por bocones y malcriados. Mucho mejor si tienen un expediente.

Lo más obvio es que el monopolio del Estado sobre el turismo debe terminar. El Estado cubano no tiene ni el capital ni la capacidad administrativa para expandir la industria turística tanto como podría ser expandida, y tan rápidamente como podría hacerlo, y volverla tan eficiente, al menos, como la de sus vecinos del Caribe, que saben hacerlo todo mejor, desde tender una cama hasta preparar un mojito. Peor, el gobierno cubano, elegido por nadie, no tiene autoridad política o legitimidad para determinar qué turismo, y cuánto, y cómo, Cuba necesita o quiere o puede tener, como no la tiene para decidir ninguna otra cosa.

En realidad, el turismo ya no es siquiera un monopolio del Estado cubano, sino, en lo esencial, de un cartel de altos oficiales militares y sus familiares, amigos y asociados, la notoria corporación GAESA, que quizás con un par de firmas se convierta en muy poco tiempo en una de las mayores compañías privadas del Caribe, como se convirtieron en privadas, hace años, también con un par de firmas, en un santiamén, las más ricas empresas soviéticas.

No por gusto Donald Trump ha escogido a GAESA como objetivo principal de su política contra Cuba. Trump no sabe nada de Cuba, ni cuál es su capital ni cómo pronunciar “Raúl”, y solo lo orienta en este caso, contra su propio instinto de empresario rapaz, el rabioso deseo de destruir o negar todo lo que hizo o dijo Barack Obama. Si Obama hubiera construido un parque infantil dedicado a Bambi, ya estaría cerrado, y Bambi vendido a un campo de prácticas de tiro en Alabama. Pero el senador Marco Rubio y el congresista Mario Díaz-Balart, que susurraron al oído de Trump su nueva política cubana, sabían lo que hacían al escoger a GAESA como blanco de su ataque.

La nueva política es tan estúpida y malvada como sus autores, y no le va a quitar ni un minuto de sueño a Raúl, aunque probablemente sí detenga a muchos norteamericanos que irían a Cuba si fuera más fácil hacerlo. Pierden, los de siempre, los que iban a sacarles unos dólares a esos turistas. Acierta esa política, nada más, al señalar la dependencia de Cuba del turismo, cuánto necesita la isla que los norteamericanos puedan viajar libremente a ella y cuánto, de todo lo que en la isla queda, GAESA se ha cogido. Una buena consecuencia de estas nuevas órdenes de Trump, y la más inteligente reacción que podría tener el gobierno cubano, sería desarmar GAESA, darle a sus empresas autonomía, despedir a los coroneles y reemplazarlos con civiles apropiadamente calificados, no como simples monigotes de los militares desplazados, sino como administradores con pesada y tronante autoridad. La nueva política de Trump sería ampliamente obsoleta si esto se hiciera.

Pero quién cree que Raúl vaya jamás a despedir al jefe de GAESA, que es también el padre de sus nietos, y devolver esas empresas al país, a la soberanía popular. Trump no, y nadie en Cuba.

Y todavía hay quién se preocupa, aunque sea noblemente, por el destino de la estatua de Mella.

Juan Orlando Pérez
El Estornudo, 19 de junio de 2017.
Foto: Busto de Mella en la Manzana de Gómez. Tomada de El Estornudo.

jueves, 3 de agosto de 2017

Antes de alquilar un hotel en Cuba...


Ana María, turista española, estuvo unos días en el Hotel Plaza, situado en el corazón de La Habana. De cuatro estrellas y perteneciente a la corporación cubana Gran Caribe, el hotel, construido a principios del siglo XX, ha sido remozado en dos ocasiones. Pero según Ana María, "las habitaciones eran un asco, los grifos del agua estaban sueltos y cuando llovía, por el techo se filtraba la lluvia”.

Steven, de Bahamas, por asuntos de negocios permaneció una semana en Cuba y su experiencia fue peor. “En el hotel Vedado habían cucarachas y tuve que cambiar tres veces de cuarto pues el aire acondicionado no funcionaba. Las sábanas estaban empercudidas y la mucama no ponía el papel sanitario. Las paredes estaban cuarteadas y urgidas de una mano de pintura”.

Dioel, dueño de una cafetería de comida rápida, cuenta que “el año pasado alquilé cuatro noches en el hotel Las Dunas, en el Cayo Santa María, Villa Clara, y la climatización apenas funcionaba. A la mesita de la habitación le faltaba una pata, el colchón de la cama más incómodo no podía ser y el televisor era de tubos catódicos del siglo veinte”.

Recientemente, una pareja de reporteros de la agencia AP se alojó una noche en el hotel Quinta Avenida, ahora administrado por la cadena norteamericana Starwood. En la nota publicada, reseñaban que los adornos de la habitación estaban superpuestos y el minibar no congelaba.

Antes de alquilar un hotel en Cuba, es aconsejable conocer el año de su construcción e inauguración, si ha sido remozado y si la gerencia es nacional o foránea. Por lo general, las instalaciones administradas por extranjeros funcionan mejor. Es mayor la variedad de la comida y si tu habitación tiene problemas, intentarán resolverlo con urgencia.

En Cuba se construyen hoteles, tiendas y restaurantes que tras décadas de uso no reciben mantenimiento. Si lo duda, le sugiero visitar el Pain de Paris situado en Calzada de 10 de Octubre y O'Farrill, en la barriada habanera de La Víbora.

Cuando abrió en 1998, formaba parte de una cadena de seis cafeterías similares en distintas zonas de la capital. Todas vendían dulces y panes estilo francés. Fue un negocio a dos manos que hizo Fidel Castro con Danielle Mitterrand, esposa del fallecido presidente galo.

Las paredes bien pintadas, los locales iluminados, las estanterías ordenadas con gusto y la climatización era excelente. Dieciocho años después, en el Pain de Paris de La Víbora ya no se venden panes ni dulces franceses, la iluminación es deficiente, las manchas de humedad son visibles en las paredes, el aire acondicionado no funciona o se apaga para ahorrar combustible y los dependientes, molestos y sudados, te tratan como si fueras un intruso.

Si usted recorre las shoppings o tiendas por divisas diseminadas por toda La Habana, notará que la mayoría pide a gritos una reparación a fondo. “Fíjate si esta gente (gobierno) es ineficiente, que ni siquiera los establecimientos que les reportan divisas son capaces de tenerlos reparados y con buen servicio”, comenta Bárbara, ama de casa, a la salida de Galerías Paseo, un centro comercial a tiro de piedra del malecón.

Según Ricardo, empleado del hotel Habana Libre, es bajo el presupuesto destinado a labores de mantenimiento. “Varias brigadas llevan cinco años remozando habitaciones y otros sitios del hotel. Pero por falta de dinero, el ritmo de trabajo es a paso de tortuga. La ocupación habitacional del Habana Libre no sobrepasa el cincuenta por ciento”.

Odlanier, arquitecto, considera que la reparación y mantenimiento de inmuebles, sean viviendas, edificios, escuelas, locales públicos u hoteles, siempre ha sido una asignatura pendiente en Cuba.

“Debieran presupuestarse las reparaciones cada cinco años. Pero no sucede así. Entonces en los hoteles vemos bombillos fundidos, aparatos de aire acondicionado rotos y muebles deteriorados. Se gasta más dinero en ese tipo de arreglos que en un programa de mantenimiento y remozamiento previamente planificado”, subraya el arquitecto.

Si al regular o mal estado de buena parte de los hoteles y centros turísticos, se suma el pésimo servicio gastronómico y la poca atención al cliente, surge una pregunta: ¿está preparada Cuba para recibir anualmente a cinco o seis millones de turistas estadounidenses? Me temo que no.

Iván García