lunes, 18 de diciembre de 2017

El refugio del puerco



Desde la llegada de Fidel Castro al poder, el cerdo ha sido la gran ilusión de la mesa del cubano.

Una tradición sustenta esta esperanza. La cena navideña se organiza alrededor del lechón asado. La boda campesina es el momento obligado en que el guajiro debe ofrecer a los invitados un puerco en púa.

Los puercos vinieron con Cristóbal Colón -los ejemplares viajaron vivos a bordo de las carabelas- y desde entonces su carne ha sido una comida frecuente, el alimento sin barreras étnicas: del gusto tanto de los españoles, como de los negros y chinos que llegaron después.

Nunca ha sido considerado un plato de lujo. Tampoco menospreciado por los ricos. En 1959, en un número especial dedicado a Cuba, el magazine Lunes de Revolución lo consideraba “el lujo del gourmet criollo”. Una esperanza que se hacía realidad.

La escasez de carne vacuna se impuso desde comienzos de la Revolución. Las reses son confiscadas, censadas y su sacrificio controlado estrictamente por el régimen. Con los cerdos hay mucha mayor lenidad. Se convierten en el refugio a que acuden los cubanos, primero acostumbrados a un consumo excesivo de carne y luego a lo contrario.

La carne de cerdo es también el gran triunfo de la cocina cubana de Miami. Al igual que en Cuba, donde los productos porcinos juntaron a cubanos, españoles y chinos, en el exilio su carne une a anglosajones, latinoamericanos y exiliados.

Detrás de cada sandwich y 'medianoche' hay una metáfora agroindustrial y varias fortunas: los criadores de cerdos de Georgia u otros estados, convertidos en proveedores de La Pequeña Habana; los McDonald’s ofreciendo sandwiches cubanos junto a sus tradicionales hamburguesas. El melting pot transformado en el contenido que encierra una flauta de pan picada en porciones generosas. Una mezcla de sainete y picaresca. Incomprensible para los estadounidenses.

La fotografía, decenas de años atrás, en la portada de The Miami Herald. El hombre sorprendido por el fotógrafo con el cuchillo ensangrentado en la mano. La policía que acude ante las llamadas de los vecinos, alarmados por los chillidos insoportables. El exiliado que llevaba meses ahorrando para celebrar una nochebuena como en Cuba, ilusión y añoranza que se van haciendo antiguas.

La compra del cerdo vivo, que luego corre por las habitaciones de la modesta vivienda en la “Sagüesera”. El animal despavorido que deja un reguero de sangre, tumba los escasos muebles y trata inútilmente de escapar, porque las puñaladas del hombre no han sido efectivas. Un hermano y una hermana que no hablan inglés, tratando de entenderse con los policías que ya han esposado al hombre, lo han metido en el patrullero y que luego pasará las fiestas navideñas entre rejas. Una ilusión que termina en la 'casera' exigiendo a la familia que abandonen la casa, que se pierdan del barrio pues son mirados con reserva.

En Cuba, la presencia de esta carne es incluso mayor. Porque también hay una historia de horrores. Antes de 1959, cuando las familias sacrificaban un puerco en sus hogares buscaban un carnicero experto, que produjera la puñalada precisa en el corazón del animal para que muriera inmediatamente y no sufriera. Que los vecinos o los miembros de la familia tuvieran que escuchar los chillidos del agonizante era considerado, en el peor de los casos, una muestra de descortesía, y transformaba a la celebración: el sacrificio jubiloso pasaba a ser un acto de una crueldad innecesaria.

Después fue necesario callar los chillidos. No por piedad ni por consideración a otros, sino por miedo. La muerte del cerdo providencial, que aliviaría la mesa durante semanas y era capaz de brindar manteca para varios meses, si se administraba correctamente, convertida en un asesinato clandestino.

Cuando durante el llamado 'período especial' se intensificó la cría de cerdos en ciudades y pueblos, sus propietarios recurrieron a conductas bárbaras, impelidos por las circunstancias del momento. De entonces son las historias de veterinarios que acudían a las casas para cortar las cuerdas vocales del animal, a fin de que no se escuchara en el barrio. Familias que con frecuencia bañaban a su puerquito con kerosene, y evitaban así que su olor se extendiera a las casas vecinas. Cerdos criados en bañaderas y en lugares aún más estrechos, que al ir creciendo sus cuerpos desarrollaban llagas por el roce de la piel contra las paredes o las tablas que definían el encierro.

En La Habana, una familia se enfrentó al dilema de si sacrificar el lechón que poseían, y aliviar su hambre, o conservarlo hasta Nochebuena, y afrontar así el riesgo de que muriera o fuera robado antes.

Fue también un veterinario, amigo de la familia y en busca de un pedazo de carne, quien resolvió el problema. Una solución cruel, pero también una salida al conflicto entre la necesidad del momento y la ilusión de una cena navideña. Con un bisturí realizó una cuidadosa operación, en la que le amputó un pernil al pobre animal. Este sobrevivió lastimosamente, con una torpe muleta de palo amarrada al cuerpo, hasta que fue sacrificado en diciembre.

Durante una transmisión del programa Mesa Redonda, el 25 de febrero de 2002, Fidel Castro se refirió al tema. “Fidel -dice una carta que él mismo leyó- vela por la salud del pueblo, y son tan mal agradecidos que no quieren quitar las casuchas que hay detrás de los edificios con crías de puercos en la ciudad de La Habana”. El mandatario se refirió al problema en televisión, y luego envió una nota al diario Granma, que la publicó en su edición del 11 de marzo. Castro dijo más en la nota. Entonces consideró que “la cría de cerdos en la ciudad es una desvergüenza”.

El hombre que para entonces se había reunido con centenares de jefes de Estado, que obstinadamente resistía a que la vida o sus enemigos lo matasen, que prosiguió con igual obstinación de sobrevivencia hasta hace unos meses, y fue capaz de un juego político astuto que le aseguró la permanencia en el poder durante más de medio siglo, estaba detenido en el tiempo aquella tarde habanera: analizaba el problema de la cría de puercos en la capital del país con la mentalidad de un abuelo pequeño burgués.

Fue benévolo entonces. Explicó al país que a los criadores de cerdos en las viviendas “se les puede dar un tiempo”. Pero también los advirtió: que se “busquen algún amigo por algún lugar para que los críe”. Luego pasó a recordar que la actividad estaba “reñida con la más elemental higiene”. Recordó que la industria turística podría “perjudicarse con una mala imagen de nuestras ciudades”.

Años después, con un país a la espera y un líder que no se recuperaba, dos boxeadores intentaron saltar al profesionalismo en Brasil y terminaron devueltos a Cuba. Ya en La Habana, uno de ellos luchaba por asimilar las torpezas cometidas y como los millones de dólares prometidos y las ilusiones y la vida que tenía por delante se habían reducido a unas pocas acciones y palabras: miraba a su puerquito, que criaba en su vivienda habanera aquel 8 de agosto de 2007, y lo tocaba como aferrándose a una última esperanza.

Tras languidecer por décadas, las carnicerías privadas son algunos de los negocios que han proliferado en Cuba con la autorización al trabajo por cuenta propia. Establecidas en habitaciones pequeñas, como la sala de una vivienda, ofrecen una variedad de productos y servicios que están ausentes en los locales estatales, donde en ocasiones el carnicero ni siquiera recuerda el precio de venta de la carne de cerdo, por el tiempo que hace que no la recibe.

Texto y foto: Cubaencuentro, 1 de septiembre de 2017.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Conversando en una barbería



Pocos lugares reúnen tantas opiniones como una barbería en La Habana. Trump, el 'colorao furioso' de la Casa Blanca, se ha convertido por obra de la propaganda política comunista en el gran enemigo, culpable de nuestras desventuras.

¿Hasta dónde deberíamos preocuparnos por el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos? La realidad es una cosa, el influjo mediático aquí y allá es otra.

Rostro furibundo, amenazante, lejos de la imagen cordial de Obama, su predecesor, en Cuba la visión popular reitera su imagen, algo que no hemos erradicado en tantos años porque nos cuesta esfuerzo mental salirnos de la clasificación de colores de la piel heredada de España: negro, mulato, jabao, blanconazo, colorao y ¿blanco?, este último color vaya usted a saber quién realmente lo tiene.

Cierto, Donald Trump habló en Miami, despotricó, se mostró junto a viejos supervivientes de los años sesenta, cuando la opción de enfrentar la revolución de Fidel Castro era, al igual que su accionar, la lucha armada. Otra cosa es evaluar razonadamente que ha hecho hasta hoy este controvertido e imprevisible presidente norteamericano. Vamos a los hechos concretos:

Pasados siete meses de lo que en Estados Unidos llaman Administración, excelente palabra que debiéramos asimilar en la cultura política cubana, nada relevante ha cambiado en nuestro país. Nada que debamos atribuirle al rostro del multimillonario estadounidense.

Aunque su fortuna es enorme, desproporcionada para cualquier persona amante de la equidad, no clasifica entre los 20 humanos más ricos del mundo. Curioso, la prensa estatal cubana se regodea con Trump mientras nada dice sobre China, donde gobierna en solitario otro partido comunista y, datos de las revistas Forbes y The Economist aseveran la existencia de entre 108 y hasta 271 milmillonarios (billionaires) en términos de personas, es decir, obviando equivocaciones y o exageraciones, no caben dudas de la concentración de la riqueza, propiedad privada, en el gigante asiático, proclamado en Cuba bandera de una alternativa política a los ultra explotadores estadounidenses.

Volvamos a la barbería habanera. La gente anda desquiciada, lejos de cualquier conversación que no se refiera a la realidad cotidiana. Un señor de unos 50 años, esperando su turno para pelarse, resumió así el asunto:

“Aquí seguimos con la misma ración de pollo mensual (una libra y tres cuartos por persona) desde hace años mientras el turismo sigue creciendo, ya pasa de 4 millones anuales. ¿Dónde se mete el dinero? Nada ha cambiado y de esto el presidente estadounidense no tiene la culpa”.

Un breve análisis indica que Trump, más allá del espectáculo muy poco ha hecho que signifique un cambio respecto a Cuba:

-La persecución financiera a empresas, bancos, vinculados con la economía estatal militarizada de Cuba es práctica de la OFAC/USA desde varias administraciones anteriores.

-La decisión de eliminar la política “pies secos pies mojados”, fue determinación de Obama durante el traspaso de poderes hacia Trump, evidentemente de mutuo acuerdo y consecuente con la visión antinmigrante de la elite gobernante en Estados Unidos que terminó enrumbando al 'colorao' hasta la Casa Blanca.

En La Habana, la gente reitera que se trata del fin de la Ley de Ajuste Cubano de 1966, pero no es cierto. Sencillamente se elimina el peligroso estímulo a la inmigración por vías extremas.

La paradoja es que la inmensa mayoría de tales refugiados ni siquiera se atreven a declarar públicamente su evidente malestar contra el gobierno, prefieren el riesgo de la balsa en el mar o el largo camino selvático por toda Centro América.

En La Habana, la carne de cerdo se mantiene a 45 pesos la libra deshuesada, la malanga, vianda recomendado para hacerle estómago a los recién nacidos, llegó al tope de 10 pesos la libra. Medio kilogramo de leche en polvo significa 2,75 dólares al cambio, igual a dos días de salario según estadísticas oficiales. Comprar pollo en el mercado de divisas, equivalente en precios y valor monetario a dólares estadounidenses, es una odisea. Las colas inmensas, la escasez incrementa la ansiedad y el acaparamiento es práctica brutal.

¿Qué responsabilidad tiene míster Trump de esta realidad?

Tal y como lo refrenda la propaganda política oficial, Washington no manda en La Habana. De acuerdo, somos orgullosos de nuestra independencia.

Se trata de la duodécima administración norteamericana desde 1959, una canción popular dice que "A mí lo mismo me da Juana que su hermana". Está bueno ya de armar broncas mediáticas con el vecino del norte, por favor, vamos a concentrarnos en nuestros propios asuntos.

Vicente Morín Aguado
Havana Times, 4 de septiembre de 2017.
Foto: Tomada de Havana Times.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Bolero, amor y olvido



Estaba agotado porque había terminado de cortar y coser un traje de dril cien para un cliente, pero el sastre José 'Pepe' Sánchez, un mulato de 25 años, tenía la ilusión de estrenar, en la tertulia que se reunía en su casa, una canción diferente. Una pieza cadenciosa, más lenta que la trova tradicional, con un ritmo pausado que era casi como declamar sobre la música de la guitarra. La había titulado Tristezas y, cuando la cantó esa tarde del verano de 1883, en Santiago de Cuba, dejó en el aire la armonía y la emoción del primer bolero.

Así, entre unas guitarras y un grupo de amantes de la música animados por la frescura del atardecer y el buen ron, comenzó la historia de un género musical que se difundió después gracias a los viajeros y a la radio a lo largo de todo el país y, a través de Yucatán, llegó a México y se esparció por toda Hispanoamérica y otras zonas del mundo. En España, de donde de alguna forma había salido, lo asentó Antonio Machín (1903-1977) en los años 40 con Bésame mucho, de la mexicana Consuelo Velázquez y Dos gardenias, de su compatriota Isolina Carrillo

Pepe Sánchez (1857-1918) nació y murió en Santiago de Cuba. Su residencia santiaguera fue, durante muchos años, el centro de la vida musical de la ciudad.

Los boleros suelen ser himnos privados para el amor de las parejas en Latinoamérica, entre otras cosas, porque los de verdad son poemas que se cantan y se pueden bailar. Se cantan, se dicen en voz baja y a la hora del baile los cuerpos se pegan, los pies apenas se mueven sobre una sola loza y lo que se produce es una especie de abrazo musicalizado.


No hay arista del amor y el desamor que no se haya cantado en un bolero. Así como una pieza puede hacer que aparezca el recuerdo de un romance perdido, el fracaso o la celebración, en los bares y cantinas de aquella región los bolerones que se ponen en las tragaperras o que entonan tríos con guitarras desvencijadas, güiros opacos y claves agudas, son la banda sonora de una tropa invencible de borrachos que rabia de celos, sufre por abandonos y llora con disimulo por la mujer que se fue.

Con el bolero, México le hizo justicia a un verso sustancial de su famosa canción El rey. Dice aquella pieza que no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar. Eso fue lo que hicieron los autores mexicanos porque renovaron, le dieron fuerzas y enriquecieron aquél género que les llegó del Caribe por Yucatán. Con el talento de Agustín Lara, por ejemplo, consiguieron una reinvención ampliada de aquel modo de cantar.

En Cuba, a mediados del siglo XX, un grupo de compositores le dio otra dimensión al bolero con la ayuda del jazz. Cesar Portillo de la Luz, José Antonio Méndez, Frank Domínguez y Aida Diestro, entre otros, crearon una nueva manera asumir el invento de Pepe Sánchez y dieron a conocer el filin.


Algunas de las piezas de Portillo de la Luz como Contigo en la distancia y Tú mi delirio la han interpretado, entre otros, Joan Manuel Serrat, Nat King Cole, Tito Rodríguez, Olga Guillot, Pablo Milanés, Pedro Infante, Lucho Gatica, Luis Miguel, Plácido Domingo, Christina Aguilera, Caetano Veloso, María Bethania y la Orquesta Sinfónica de Londres.

Para ver el origen de ese viaje universal, comparto con los lectores de algunos versos de Tristezas, el primer bolero: Tristezas me dan tus penas mujer, / profundo dolor; no dudes de mí. / No hay prueba de amor que deje entrever/ Cuanto sufro y padezco por ti. / La suerte es adversa conmigo, / no deja ensanchar mi pasión.

Raúl Rivero
El Mundo, 3 de octubre de 2017.

Primer video: La cantante Yaima Téllez acompañada del guitarrista Alejandro Almenares, una leyenda de la trova cubana, interpretan Tristezas en un parque de Santiago de Cuba, ciudad natal de Pepe Sánchez, el creador del bolero. Ver también a Yaima Téllez en Veinte años.

Segundo video: Versión flamenca del bolero Tristezas, realizada por el bailaor Antonio Canales (Sevilla 1961), el 15 de noviembre de 2012 en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá, Colombia.

jueves, 7 de diciembre de 2017

De la herencia soviética en Cuba



Eladio, 74 años, ex funcionario del ineficaz Ministerio de Agricultura, en la década de 1970 estaba absolutamente convencido que Moscú era una ciudad superior a Nueva York.

La primera vez que aterrizó en el aeropuerto de Sheremétievo a bordo de un Ilushin-62, apenas llegó al hotel, junto con un grupo de estudiantes de agronomía, abordaron la línea del metro que los llevaría al mausoleo del Kremlin, y tras una larga cola, contemplaron conmovidos el cuerpo embalsamado de Vladimir Ilich Lenin.

“Era el ritual de muchos cubanos que viajábamos a la antigua Unión Soviética. Al igual que un musulmán debe peregrinar una vez en su vida a la Meca, yo, un pinchón de comunista, consideraba que debía visitar el lugar donde descansaba el fundador del Estado soviético. Ahora mis nietos se ríen de mí, pero en los años 70 y 80 del siglo pasado, en Cuba no éramos pocos los convencidos de que el imperialismo yanqui tenía sus días contados. Nadie podía predecir que la URSS se derrumbaría como un castillo de naipes”, subraya Eladio.

Fue precisamente en sus viajes a la URSS, cuando el ingeniero agronómo descubrió la inviabilidad del socialismo marxista, el proverbial burocratismo y la creciente corrupción en la meca del comunismo mundial. “Era increíble la mala factura de un par de zapatos o un cepillo de dientes. El diseño de cualquier cosa era horroroso. Miles de personas en las repúblicas asiáticas vivían en una pobreza atroz".

Pero Eladio no creía que fueran ciertas los relatos que amigos soviéticos le contaban, sobre los crímenes de Stalin, los gulags y fusilamientos colectivos. "Entonces mi adoctrinamiento era tan profundo, que mi primera reacción fue denunciarlos al compañero de la Seguridad que nos atendía”.

Todavía en los libros de historia universal de nivel secundario o preuniversitario en Cuba, lo relativo a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas se maneja con pinzas. La educación en la Isla es una celosa albacea de la narrativa soviética. Se recuerda a Lenin como un prócer impoluto. Y la epopeya de la Segunda Guerra Mundial debiera actualizarse. Los textos cubanos afirman que fueron 20 millones los muertos, otras fuentes aseguran que fueron 27 millones y probablemente la mitad murió por un disparo en la nuca de sus propios camaradas o en un tenebroso gulag.

Cuando a Nadia, estudiante de tercer año de preuniversitario y aficionada a la historia, le pregunto sobre aquella nación, conformada por quince repúblicas europeas y asiáticas, me suelta una párrafo memorizado de los manuales escolares.

“La Revolución de Octubre fue fundada en 1917 por Lenin, y a pesar de las agresiones de países occidentales, se consolidó como una gran potencia mundial. Fue el país con más muertos durante la Segunda Guerra Mundial, 20 millones (persiste en el error), y tuvo que luchar sola frente a la hordas fascistas. Estados Unidos y sus aliados se vieron obligados a abrir el Segundo Frente en Normandía ante el avance vertiginoso del Ejército Rojo”, responde con el orgullo habitual de los alumnos aplicados.

Deseaba indagar otros aspectos históricos menos divulgados en la prensa oficial y le hice las siguientes preguntas:

¿Conoces de las brutales purgas de Stalin, que costaron millones de vidas al pueblo soviético? ¿Sabías que la aplicación de la colectivización agrícola provocó hambruna y entre 7 y 10 millones de muertos en Ucrania, llamada Holodomor? ¿Has leído acerca del Pacto de no agresión Molotov-Ribbentrop donde en una cláusula secreta Hitler y Stalin se repartieron las repúblicas bálticas y una zona de Europa del Este?

¿Has escuchado sobre la matanza en el bosque de Katyn por tropas élites soviéticas a militares polacos? ¿Conocías que el escritor Aleksandr Solzhenitsyn, Premio Nobel de Literatura en 1970, al igual que otros muchos intelectuales, estuvo preso en un gulag solo por pensar diferente?

¿No crees que la URSS fue una nación imperialista, pues ocupó parte de Europa del Este como trofeo de guerra e instauró gobiernos vasallos? ¿Has estudiado sobre la agresión soviética a Checoslovaquia en 1968 o Afganistán en 1979?

¿Alguna vez te contaron que por decisión de Fidel Castro y Nikita Jruschov, en Cuba estuvieron emplazados 42 cohetes atómicos de alcance medio que pudieron provocar una conflagración nuclear? ¿Sabías que al igual que Estados Unidos tiene una base militar en contra de la voluntad de los cubanos, Castro sin consultar al pueblo autorizó un centro de instrucción militar con tropas soviéticas, una flota de la marina en Cienfuegos y una base de espionaje electrónico en las afueras de La Habana?

A cada pregunta, la joven respondió: “No, no lo sé. No lo he leído. O eso no lo hemos dado en la escuela”.

Mientras en la enseñanza secundaria, preuniversitaria, e incluso universitaria, la historia de la URSS se manipula al antojo de las autoridades, contradictoriamente en la sesión de clases de Historia soviética que trasmite un canal educativo de la televisión estatal sus profesores son más objetivos.

Se repasan los crímenes de Stalin, la colectivización forzosa y la ejecución de militares y altos miembros del partido comunista. Un productor televisivo señala que “la censura no funciona pareja en Cuba. El Ministerio de Educación y ciertos organismos del Estado, vetan los errores políticos de la URSS. Pero existen otras corrientes de pensamiento que apelan por contar los hechos como sucedieron. No es que tampoco se diga todo, porque la orden de Lenin para asesinar a la familia de los Romanov, por ejemplo, no se cuenta. Tengo la sensación que la estrategia del gobierno, si existe alguna sobre ese tema, es de tirarle toda la mierda del desastre soviético a Stalin y proteger a Lenin”.

En el sector militar, sobre todo dentro de los generales, aun se mantiene la metodología soviética y sus estrategias de combate, además de una colección de añejas armas rusas.

“El MINFAR es la institución más soviética que existe en Cuba. Cuando ya los rusos no celebraban la Revolución de Octubre, todos los años en la Sala Universal de las FAR la festejaban. Es raro el día que un alto oficial, que estudió en alguna academia en la URSS, no recuerde con nostalgia la etapa que con solo hacer una señal con los dedos, los rusos nos enviaban barcos cargados de armamento. En el peor momento de las relaciones con Rusia, siempre se mantuvo las buenas relaciones con sus militares”, comenta un oficial.

Esa añoranza por la URSS no cuela entre los cubanos de a pie, a pesar que de aquella etapa sobrevivieron los autos Lada, camiones ZIL y lavadoras Aurika. Pero la percepción popular que se tiene es de un país atrasado.

“Los bolos hacían cosas duraderas, peros feas y toscas. Hasta el propio Fidel, en un momento que se peleó con los rusos, dijo que por necesidad tuvimos que cargar con toneladas de chatarra fabricada por los soviéticos. Yo no tengo muy buenos recuerdos de los tovarichs. Se mandaban una peste a grajo que pa’qué. Y la carne rusa enlatada sabía a rayo. Los rusos que conocí eran tremendos negociantes y borrachos”, recuerda Roberto, residente en el Focsa, edificio del Vedado donde hace cuarenta años residieron decenas de asesores soviéticos.

Como herencia, la autocracia verde olivo mantiene la fracasada ideología y disfuncional planificación económica soviética. Además de autos, camiones, lavadoras y otros cacharros domésticos, a modo de testimonio, han quedado relatos nostálgicos, miles de matrimonios entre rusos y cubanos y unos cuantos nombres de origen eslavo.

Los libros de literatura rusa y los textos marxista-leninistas fueron desapareciendo de las librerías y de los hogares. Magaly, ama de casa, tenía un estante con las obras completas de Marx, Engels y Lenin, de cuando sus hijos estudiaron en la Universidad. Pero en los 90, con la llegada del período especial, a falta de papel sanitario, decidió ir arrancando las hojas e irlas poniendo encima de la tapa del inodoro.

Otro fracaso fue la enseñanza de idioma ruso por radio. Tampoco entre los cubanos calaron las costumbres y comidas rusas. Excepto el vodka con jugo de naranja, poco más ha quedado de los 'entrañables camaradas soviéticos'.

Iván García
Foto: Lada en Cuba. Tomada de Malay Mail Online.

lunes, 4 de diciembre de 2017

"¿Tú crees que tengo tiempo para esa bobería?"


Como una 'bobería': así algunos cubanos ven las elecciones del Poder Popular.

Si lo dudan, pregúntele a Lidia, empleada bancaria y madre de dos hijos. Ella considera que “esas elecciones se celebran porque el gobierno quiere guardar la forma. La gente ya ni asiste. Al menos en la de mi circunscripción solo vi un papel pegado en el cristal de una librería. Pero no fui. ¿Tú crees que tengo tiempo para esa bobería? Mi lucha es atender a mis hijos y zapatear por toda La Habana, porque después del ciclón hay tremendo desabastecimiento en las shoppings, parece que la comida se la llevó el viento. Nadie está pa’ esa matraca de elegir a candidatos”.

A Enrique, 66 años, jubilado, le pregunto si piensa proponer a un vecino del barrio como candidato a las elecciones a celebrarse en los próximos días, y luego de hacer un gesto de desaprobación, suelta un rosario de quejas contra lo que considera una pésima gestión gubernamental. Escuchémoslo. “Desde hace más de diez años, el Estado no le aumenta las pensiones a los jubilados. Los viejos son los que peor la pasan con las supuestas reformas económicas. Trabajamos de custodio, recogiendo latas en la calle o vendiendo jabas de nailon para poder sobrevivir”.

Enrique, vendedor de libros de uso en la Calzada de Diez de Octubre, al sur de La Habana, asegura que los delegados del Poder Popular no resuelven nada. "Son figuras decorativas. Yo antes participaba en las reuniones, pero la gente planteaba problemas y jamás se solucionaban. Ya estoy muy viejo pa’que me cojan pa'ese trajín. Esas elecciones son solo cháchara. Pura demagogia”.

Cuarenta y un año después de iniciado en la Isla un proceso electoral participativo y con algunos guiños supuestamente democráticos, que comienzan con la nominación y elección de los delegados de circunscripciones y culminan con la conformación de un calco de parlamento, donde en cuatro décadas todas las decisiones se votan unánimemente, los cubanos que desayunan café sin leche apenas le prestan atención al 'poder del pueblo', como desde su funcionamiento a nivel nacional, en 1976, le dicen al Poder Popular.

Daniel, dueño de un negocio de reparación de sombrillas y mochilas, cuenta que el pasado 17 de septiembre en su circunscripción se efectuó “la asamblea para elegir a los candidatos a delegados, y de más de doscientos vecinos, solo asistieron veintidós. El tipo de la presidencia espero cinco minutos a ver si llegaba más gente. Luego de una muela corta (breves palabras), se pasó a elegir a los candidatos. Los dos que eligieron como primera opción se negaron, utilizando como pretexto que tenían mucho trabajo. Un señor mayor, medio tarado él, que siempre anda vestido de miliciano, aceptó. La asamblea duró veinte minutos, menos que la novela. Fue matando y salando”.

¿Por qué esa apatía generalizada de la población con el único mecanismo electoral donde la gente puede elegir a su representante?, le pregunté a Carlos, sociólogo.

“Porque nunca el Poder Popular ha funcionado. No se puede ver como eficaz un proyecto que ha demostrado su inutilidad en cuatro décadas. Ese experimento estilo soviet, donde un delegado gestionaba las preocupaciones de la comunidad y después los mejores, elegidos por el voto popular, conformaban un congreso, fue algo inédito en los países que apostaron por el socialismo marxista. Pero la democracia solo existe en teoría. La realidad es que los delegados de las circunscripciones no cumplen ninguna función, y luego de pasar por un filtro selectivo de una comisión estatal, los seleccionados al aburrido parlamento están completamente domesticados”, subraya el sociólogo habanero.

Según José Fernando, profesor universitario, "la vida política en Cuba es muy limitada, no deja opciones para que a los ciudadanos se les tome en cuenta. Los gobernados apenas tienen canales participativos y no existen mecanismos auténticos donde las personas puedan influir en la estrategia económica, social o política del país".

Con ese punto de vista concuerda, Ana María, ama de casa de 78 años que antes de 1959 militó en el Partido Socialista Popular. Ella es más incisiva: "Es que desde hace más de medio siglo, todas las decisiones y proyectos llegan a golpe de ucases dictados desde el Palacio de la Revolución. Por simple automatismo se celebran reuniones relámpagos en centros laborales donde los sindicatos no cumplen ninguna función, se retocan mínimamente unos pocos detalles y al final todos levantan las manos y se aprueba por unanimidad. Con la Asamblea Nacional del Poder Popular pasa lo mismo".

Los cubanos de a pie, como buenos actores de reparto, cumplen al pie de la letra el guión trazado por la gerontocracia del Consejo de Estado. Por frustración, indiferencia o miedo, o las tres cosas juntas, no aprovechan esos espacios para criticar abiertamente el estado de cosas y transformar la sociedad.

"El Poder Popular es una opción real, probablemente la única, que tenemos los cubanos. No hemos sabido sacarle partido a la opción de poder decidir. El cubano se ha vuelto indiferente a la política. Pero luego, en sala de la casa, en la esquina del barrio o en los taxis colectivos se la pasan criticando al gobierno y a los gobernantes", me dice un señor en la cola del carnicería donde varias personas esperan la llegada del camión con los huevos, la principal proteína consumida por las familias cubanas.

"La realidad es que cuando llega la hora cero, la gente opta por no asistir a las asambleas de elección de candidatos, y los pocos que asisten, hacen silencio o votan masivamente por cualquiera, para salir del paso. Se debiera aprovechar esa tribuna para exigir un gobierno responsable, democracia real y un futuro diferente al de los discursos trillados y las consignas seudo patrióticas", argumenta el sociólogo Carlos.

Pero no se aprovecha. La mayoría de los cubanos seguimos apostando por la simulación al mejor estilo norcoreano. Las voces del cambio en la Isla somos nosotros mismos. Debiéramos empezar a creérnoslo.

Iván García
Foto: Tomada de internet.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Fidel Castro: tres cartas para la historia



Fidel Castro Ruz (1927-2016), dejó tras su paso por la tierra una asombrosa cantidad de discursos grabados, páginas escritas y numerosos libros de él y sobre él. A la larga, su gran legado, a falta de obras mejores, será una enorme montaña de papel. Pero de esa montaña, entresaco apenas tres cartas que marcan otras tantas etapas de su vida y muestran rasgos de su verdadero carácter. Las tres son muy conocidas, aunque de la última no se ha visto todavía su original, y se conoce sólo por transcripciones oficiales.

La primera es la que escribe a Franklin Delano Roosevelt cuando tiene, no 12, como dice en ella, sino 13 años ya cumplidos, el 1 de noviembre de 1940 (el sello de recibo en la Casa Blanca es del 27 de ese mismo mes, lo cual indica lo bien que funcionaban entonces los correos para llevar una carta desde Santiago de Cuba a Washington, y que ésta fuera despachada en su destino). Con este documento se apoya la idea de que “infancia es destino”.

Esta carta ha sido muy comentada pero escasamente analizada todavía, remitiéndose más a lo anecdótico que a lo esencial. Es la famosa Carta del Billete Verde: “ten dollars green bill”. Muchos dicen que por no haber complacido Roosevelt este juvenil pedido ocurrió todo lo demás que ya sabemos. No lo creo: hubiera sucedido igual, porque desde mucho antes ese muchacho ya presagiaba su funesta acción en la historia, cuando por un berrinche amenazó con incendiar su propia casa. Desde chiquito, como se dice en cubano, se le vio la mala entraña.

Por cierto, me llama mucho la atención que la firma del juvenil autor aparece firmemente trazada, con los rasgos casi idénticos a la que mantuvo hasta el final de su vida, lo cual ofrece la muestra de un carácter ya formado y consolidado desde esa temprana fecha. Se requiere un riguroso análisis grafoscópico y grafológico, que seguramente revelará la compleja combinación de una ingenuidad aparente con una aguda astucia persuasiva. El tono del que escribe es “de potencia a potencia”; no es un lambiscón, ni se humilla ante su alto destinatario. Lo más llamativo es el gesto de un joven caribeño al hombre más poderoso del planeta, a quien le propone un negocio: recibo y doy a cambio. Quiere agradar, mas sin ser servil. Pero detrás de la retórica del muchacho se vislumbra el tema económico, estratégico, político y geopolítico.

Lo sorprendente es que cuando escribe la carta aún Estados Unidos no estaba en guerra, pues sólo fue después del traicionero ataque japonés contra Pearl Harbor (7 de diciembre de 1941), esa fecha que “quedaría en los anales de la infamia”, que “el león despertado” tomaría parte en la contienda. Pero el avispado muchacho desde su rincón santiaguero ya sabía (o deseaba) que se produjera esa acción. La aún improbable victoria de los Aliados y las elecciones recién celebradas en Estados Unidos donde Roosevelt nuevamente ganó la presidencia, le brindan a la vez el motivo y el pretexto para su carta, los cuales son recursos persuasivos en una mente adolescente: materias primas para hacer barcos y armas… Ofrece “vender” los “secretos” de su patria a cambio de un billete de “diez dólares (verdes)”, que, miente, “nunca ha visto” (como si su padre, el hacendado Don Ángel Castro, no los tuviera y de sobra). Pero el joven Fidel Castro de 13 años declaró la guerra a Alemania mucho antes que el propio presidente cubano Fulgencio Batista, lo cual anuncia su precoz ánimo guerrero.

La firma, en lo esencial, es casi la misma, firme y compacta, que usará el resto de su vida. Se aprecia en ella una temprana voluntad de reafirmación al estampar esos rasgos. Luego se hará algo más deslazada, ocupando mayor espacio como muestra de consolidación de su personalidad y una creciente seguridad en sí mismo, y con la vanidad de ser más elegante y, sobre todo, legible. Se declara ya como “Fidel Castro Ruz”, aunque la propiedad de ese nombre no se le reconocerá legalmente hasta cuatro años después. Él ya se siente así y eso es suficiente. Contrario a la costumbre muy generalizada de firmas casi ilegibles, la del joven ostenta con desafiante orgullo su nombre y ambos apellidos, como una marca. Es un sello, más que una firma. Todo lo contrario de la del hermano, Raúl, que es levemente irónica y hasta muestra ciertas pretensiones artísticas, con la R circundada por la C, como una suerte de Copyright burlón, más redondeada y sensual que la del otro.

Se ha pasado también por alto que, al ser reconocido finalmente por su padre cuatro años después (tenía entonces 17), no sólo recibe un apellido, sino que él se da a sí mismo un nombre: el de su héroe Alejandro de Macedonia. Suprime el “Hipólito” original, pero sostiene el Fidel, que es un santo guerrero, muy popular en la zona gallega de donde procede su padre, y el mismo nombre de quien deseaba fuera su padrino (que no lo fue, sino un cónsul haitiano). El muchacho cubano no podía identificarse con aquel Hipólito de Roma, antipapa en su momento, y no le resultó nada grato, quizá por ser sólo un filósofo, un teólogo, a pesar de que es el Patrono virreinal de la Ciudad de México, pues fue el 13 de Agosto de 1521 cuando cayó Tenochtitlan en poder de Hernán Cortés, y el último huey tlatoani Cuauhtémoc, fue tomado prisionero por García (para algunos, también Francisco) Holguín, fundador después de la villa cubana que lleva su nombre y en cuya demarcación nacerían Fulgencio Batista (Banes) y Fidel Castro (Birán).

Cuando decide añadir al guerrero Fidel el victorioso Alejandro, el muchacho ya consciente de sus acciones y decisiones, está expresando una voluntad taumatúrgica de auto-creación y la declaración de un destino… Él será su propio orfebre y trazará él mismo su ananké. Me sorprende que, con tantos inquietantes y reveladores signos ominosos muy tempranos, los allegados y los entonces colaboradores cercanos de Castro no hayan advertido lo que se gestaba poderosamente en ese muchacho, y el peligro que significaría para ellos y el resto del país, como una monstruosa personalidad egocéntrica.

La otra pieza, también muy conocida y donde se asume ya como un mesiánico purificador por sangre y fuego, es la Carta a Celia, escrita desde la Sierra Maestra en los días finales del alzamiento, cuando le confía -a ella y sólo a ella, su incondicional ayudante múltiple, en varios sentidos- que “su misión” en la vida será atacar a Estados Unidos. En esto tampoco fue sincero: desde el Bogotazo y aún desde antes, Castro había decidido que su pasión sería el odio visceral contra el poderoso país del norte, y la justificación que esto le brindaría para satisfacer lo único que realmente le interesaba: detentar el poder absoluto por toda su vida. Quizá influyó en esto ser hijo de un pobre soldado gallego, integrante del ejército español derrotado por las fuerzas combinadas de los mambises y los Marine Corps, los Rough Riders del otro Roosevelt, Theodore.

Esa “confesión” de propósitos y fines se la dedica a su más cercana colaboradora, convirtiéndola conscientemente en cómplice de sus planes, y estrechándola así aún más hacia él. Al abrirse con ella, la única confidente auténtica, en tan anticipada fecha, la sumerge en su estela de traiciones y deslealtades, a pesar de los compromisos democráticos contraídos -verbales y por escrito- con sus compañeros de causa en repetidas ocasiones. Por eso, cuando Celia muere en 1980, pierde con ella la depositaria imperturbable y más sólida de su pasado, y queda de algún modo huérfano, lo cual explica la severa crisis disociativa que padece en esos días -y durante varios meses- y que mueve a los miembros de su “círculo de acero” (René Rodríguez Cruz, José 'Chomy' Miyar Berruecos y José 'Pepín' Naranjo), a temer que el líder hubiera extraviado la razón.

Con Celia perdió a la amante incondicional hasta el adulterio, a la hermana fervorosa que nunca tuvo, y a la confidente que nadie pudo sustituir, ni siquiera la apasionada Haydée Santamaría, quien al ver fallidos sus reiterados propósitos de acercamiento, se suicidó un poco más tarde, el fatídico 26 de julio de 1980. Quedó entonces más solo que nunca antes y nunca después. A partir de ahí se encerró definitivamente en su concha y ya no volvió a salir de ella. 1980 fue, para Fidel Castro, su annus terribilis. La muerte de Celia Sánchez (por la cual fue vergonzosamente destituido su médico, el prestigiado oncólogo Zoilo Marinello), fue el preámbulo psicológico del desastre del Mariel.

Pero la tercera carta, de la cual no se ha visto hasta ahora una reproducción facsimilar, y quizá los que tengan acceso a los antiguos archivos soviéticos podrían beneficiarnos con su revelamiento, sólo se conoce por la versión oficial que puede encontrarse (citando la fuente, claro está) en Cubadebate, la página oficial (¿hay alguna allí que no lo sea?) del Gobierno cubano. Allí aparece no sólo la Carta de la Bomba Atómica, sino el conjunto de mensajes y posteriores explicaciones y comentarios con los cuales Castro trató de justificar que, en medio de la mundial Crisis de los Misiles, él hubiera demandado al Premier soviético Jruschev, para lanzar un ataque atómico total contra Estados Unidos.

Imagino el asombro del ucraniano al recibir semejante carta oficial (escrita a mano y de la cual no guardó copia, según el mismo Castro): quizá como el Dr. Frankenstein, habrá exclamado (en ruso, por supuesto) “¡qué hemos hecho!”, cuando La Criatura, ya fuera de control, se lanzó a destrozar cuanto encontraba en su camino, en este caso, una pobre islita caribeña, y de paso, como quien no quiere la cosa, el planeta entero, si lo hubieran dejado. En medio de esta grotesca tragicomedia, el mejor salvador para la Historia no fue el impulsivo Castro, ni el vacilante Kennedy, sino el taimado Nikita.

Poseedor de una especie de jettatura o mal fario, Castro propició con su actitud desenfrenada, que el propio Nikita fuera más tarde destituido y apartado del poder por sus colegas soviéticos. Fue quizá una de las primeras veces que el afecto del guerrero caribeño, al pasar su brazo por los hombros de su interlocutor, resultara finalmente una condena de muerte y desgracia. Jruschev fue el primero de muchos más… Quien se acercaba a él y recibía su abrazo (Allende, Torrijos, Bishop, Neto, Chávez), ya daba un paso hacia su propia destrucción.

Después -ya desaparecido el interlocutor que podía desmentirlo- Castro afirmó que él había disuadido al soviético de lanzar ese ataque, pues el cubano ya andaba más preocupado por el sitio que le guardaría la historia, y no era un argumento en su favor que hubiera pretendido exterminar a toda la Humanidad de forma tan egoísta e irreflexiva. Todavía en sus años finales acarició la posibilidad -asombrosamente apoyada por algunos- de obtener un Premio Nobel de la Paz, y hasta insinuó que tal vez algún día él “sería considerado como un santo” (pasmosa declaración que hizo cuando el Papa Juan Pablo II visitó la Isla).

Aunque nos tocó bailar con la más fea, después de todo, qué bueno para el mundo que Fidel Castro nació precisamente en una islita y no en un gran país latinoamericano como Brasil, Argentina o México, donde su daño hubiera sido potencialmente mucho mayor. Y menos aún en Rusia o Estados Unidos. Eso habrá de reconocérselo algún día toda la Humanidad a Cuba: haber sido ella sola -salvo varios intentos de exportación frustrados- el único y doloroso laboratorio personal pleno de semejante sicópata.

Son tres cartas apenas dentro de una montaña de documentos generados por él y sobre él, pero creo que dan prueba de una temprana, coherente y sostenida personalidad enfermiza, que llevó hasta sus últimas consecuencias sus fobias y pasiones más truculentas, desde el niño pedigüeño y mentiroso, el guerrillero hipócrita y el gobernante enloquecido.

Ojalá descanse en paz, si puede, pero lo que es nosotros, sin él, ya lo estamos. Aunque todavía faltan algunos.

Alejandro González Acosta
Cubaencuentro, 14 de agosto de 2017.

Fotocopia de la carta que Fidel Castro niño le envió al presidente Franklin D. Roosevelt. Tomada de Cubaencuentro.

lunes, 27 de noviembre de 2017

La casa-museo de Jesús Menéndez


La casa-museo dedicada a Jesús Menéndez está prácticamente subutilizada. Menéndez fue un dirigente sindical y político perteneciente al sector azucarero, se destacó por su gran influencia sobre el movimiento obrero y la conquista del llamado “diferencial azucarero”. Era conocido como el General de las Cañas. Murió asesinado por el capitán Joaquín Casillas en un hecho que conmocionó al país.

Su casa fue construida mediante por un llamado del Partido Socialista Popular (PSP) y de los trabajadores azucareros y se encuentra situada en Lombillo entre Boyeros y Ermita, en el municipio Plaza de la Revolución, La Habana. Solo se utiliza en las conmemoraciones de su nacimiento y muerte y el Día del Trabajador Azucarero, cuando celebran un acto oficial con una decena de participantes y algún que otro miembro de la alta jerarquía del Partido Comunista de Cuba. Habría que recordar que el Día del Trabajador Azucarero lo instituyó Fidel Castro, durante una intervención el 13 de octubre de 1960, al informar la nacionalización de 195 centrales azucareros en todo el país.

En la actualidad, según cuentan los vecinos, la casa-museo permanece cerrada y solo Magalys, la bibliotecaria, la abre de vez en cuando por la mañana. Para escribir este artículo traté de verla y siempre encontré el candado puesto en la reja. Hace unos años, las escuelas aledañas tenían círculos de interés dedicados a Jesús Menéndez, pero ahora parece un lugar abandonado.



Teresita de Jesús, la hija del líder azucarero, en una ocasión explicó que “cuando mis padres llegaron a la capital vivieron en una casa en Centro Habana cercana a la CTC, pero después que mi padre regresara de un viaje a Estados Unidos, rechazando un cheque en blanco para que abandonara la causa por la cual luchaba, el partido (PSP) creyó que aquella casa no era segura. Entonces se mudaron a un apartamento en Concepción y Ayestarán, frente a la bodega La Casona, en el municipio Cerro, allí nací yo”.

En sus declaraciones Teresita de Jesús también contó cómo a la muerte primero de su madre y luego de su abuelo paterno, en 1956 ella asumió la tutoría de sus tres hermanos (Nardo, Carlos Jesús y Zoila Adela). Al referirse a la actual casa-museo dijo que era el lugar donde ellos vivían cuando su padre fue asesinado. Sus declaraciones concuertan con las que hace cuatro años hiciera su hermano Carlos Jesús a la revista Inside Cuba.

En los años 80, cuando la casa-museo estaba subordinada al Ministerio de Cultura, Carlos, un hermano de Jesús Menéndez, que vivía en el apartamento interior, se quejaba que se celebraban fiestas con mucho consumo de alcohol e inmoralidades. En esos momentos se utilizaba como almacén de ropa de escenografías. Esas situaciones fueron las que deben haber motivado que la casa-museo pasara a ser propiedad del Ministerio del Azúcar. Los azucareros tienen además la casa natal de Jesús Menéndez, en una finca de Encrucijada, Villa Clara y es considerado un sitio histórico.

Hará unos tres años, la Dirección Municipal de Trabajo y Seguridad Social, pidió se le diera el pequeño y último cuarto de la casa -que tiene salida independiente- para que los jubilados de la zona pudieran hacer sus gestiones sin tener que trasladarse hasta el Vedado y le fue negada la petición.

El inmueble que se ha dejado de usar, está situado en una de las áreas de salud con mayor envejecimiento poblacional del país y pudiera ser utilizado para adultos mayores, en cualquier actividad social. Porque ese desinterés hacia la figura de Jesús Menéndez al parecer va a continuar.

Texto y foto: Raúl Lázaro Fonseca Díaz
Red Cubana de Comunicadores Comunitarios
26 de septiembre de 2017.